Sarria – Portomarín

Nuestro camino comenzó en Triacastela , comenzamos a través de un pequeño tramo bordeando la carretera para luego adentrarnos en caminos pedregosos entre castaños centenarios y aldeas casi desiertas pero con una magia casi palpable en todos sus viejas piedras.

Los cementerios y las iglesias al borde del camino, la paz y el sosiego de aquellos pagos, con el río cruzando serpenteante todo nuestro recorrido, son un recuerdo imborrable.

La llegada a Samos y su imponente monasterio benedictino también estuvo entre esos recuerdos. Con el grupo al completo visitamos la capilla del Salvador con su milenario ciprés al que según la tradición hay que abrazar para tener un buen camino.

Continuamos por tramos cortos de carretera para volver a los caminos y los pueblitos con puente medieval incluido para llegar a Sarria donde prácticamente se vive por y para el peregrino. Allí visitamos su casco viejo plagado de alberges, iglesias y disfrutamos de las vistas de su mirador.

Al día siguiente comenzamos en Sarria,  en su escalera de piedra y salimos de la población siguiendo las flechas amarillas y los mojones de indicación. Quizá esta es de las etapas más duras del camino y muchos la llaman “rompe piernas”, y es cierto casi no llegamos a Portomarin, madre mia donde han ido a colocar ese pueblo. Espectacular es la vista que tienes del rio Miño y tuvimos la suerte de ver las ruinas romanas porque el caudal estaba muy bajo.

No tuvimos suerte en la farmacia del pueblo, pero en uno de los albergues conseguimos que nos atendieran y nos hicimos la foto correspondiente.

Realmente la experiencia no tiene precio y hemos disfrutado mucho.

Como anécdota contar que debe de haber una foto en Japón de nosotras en el mojón de los 100KM para Santiago.